Inteligencia argentina para la era de la inteligencia artificial
Graciela Camaño
La IA constituye probablemente, la tecnología de propósito general más importante desde Internet. Atraviesa todas las actividades económicas: producción industrial, agricultura, minería, salud, educación, investigación científica, logística, finanzas, defensa, administración pública, mercado laboral. Como ocurrió con la electricidad hace más de un siglo, dejo de ser un sector para convertirse en la infraestructura silenciosa sobre la que funcionará buena parte de la economía.
La capacidad de comprender las tecnologías que se utilizan, desarrollar soluciones propias donde resulten necesarias, proteger los datos estratégicos, formar especialistas, conservar infraestructura crítica y negociar con los grandes actores globales desde una posición de conocimiento y no de ignorancia, será autonomía tecnológica
Los países que mejor entendieron esta transformación son el ejemplo a seguir, todos combinaron continuidad política, planificación estratégica, inversión sostenida y cooperación entre el sector público, el sector privado y las universidades. Ni Corea del Sur, ni Singapur ni Canadá confundió innovación con discursos
Nuestro país reúne simultáneamente la calidad de sus recursos humanos, una tradición científica reconocida internacionalmente, capacidades nucleares y satelitales, empresas tecnológicas competitivas, universidades distribuidas en todo el territorio, abundancia energética potencial, recursos mineros estratégicos, una agroindustria sofisticada y condiciones geográficas aptas para alojar infraestructura digital.
El problema argentino nunca ha sido exclusivamente la ausencia de recursos. Ha sido, con demasiada frecuencia, la incapacidad para integrarlos dentro de un proyecto de desarrollo sostenido. La historia económica argentina muestra una tendencia persistente a incorporarse a las grandes transformaciones mundiales como proveedora de recursos naturales mientras el mayor valor agregado se genera en otra parte.
La inteligencia artificial podría reproducir exactamente ese mismo patrón. Podríamos terminar abasteciendo con gas, electricidad y litio enormes centros de datos cuyos beneficios económicos, tecnológicos y científicos quedarían radicados fuera del país. Seríamos nuevamente proveedores de insumos para el desarrollo ajeno; cuando tenemos todo para convertirnos en un actor relevante en aplicaciones vinculadas a aquellos sectores donde ya poseemos ventajas comparativas; la agroindustria, la energía, la minería, la salud, la industria, la observación satelital, la gestión ambiental y la producción científica.
La inteligencia artificial no debería ser concebida como un sector aislado de la economía. Debe convertirse en un multiplicador de productividad para toda la estructura económica nacional.
Los datos son mucho más que un recurso económico. Constituyen una representación de las personas, de sus decisiones, de su salud, de sus hábitos, de sus relaciones y de sus derechos. Administrarlos responsablemente implica construir reglas claras sobre privacidad, transparencia, seguridad y utilización pública. Un país que entrega indiscriminadamente sus datos estratégicos pierde mucho más que información; pierde capacidad de decisión sobre sí mismo.
La respuesta inteligente no consiste en negar el cambio ni en resignarse a él, sino en preparar a trabajadores, empresas y sistemas educativos para una transición que ya comenzó. La productividad solo será socialmente virtuosa si viene acompañada por capacitación permanente, actualización de competencias y mecanismos que permitan distribuir sus beneficios.
La verdadera cuestión, no es si Argentina tendrá inteligencia artificial. La tendrá inevitablemente, como la tendrán todos los países. La verdadera pregunta es si esa IA será importada, alquilada y administrada desde el exterior o si somos capaces de comprenderla, adaptarla, desarrollarla y utilizarla en función de nuestros propios intereses nacionales.
Un país no pierde soberanía porque utiliza tecnología extranjera. La pierde cuando ya no posee el conocimiento necesario para entender cómo funciona, para decidir cuándo utilizarla, para negociar sus condiciones o para desarrollar alternativas propias cuando las circunstancias lo exijan.
La discusión no trata solo de algoritmos. Trata del lugar que cada nación ocupará en la economía del conocimiento durante las próximas décadas. La riqueza seguirá siendo importante. La energía seguirá siendo estratégica. Los recursos naturales continuarán teniendo valor. Pero cada vez más, la diferencia entre las naciones estará determinada por la capacidad para transformar esos activos en conocimiento, innovación y decisión que fluya en oportunidades para todos los habitantes de nuestro suelo
GRACIELA CAMAÑO
Abogada
Ex – Ministra de Trabajo y Diputada Nacional
Texto del archivo personal. Versión para revisión editorial; no se presupone su publicación previa. Se conserva el contenido del documento original.